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SaharÁvila

El año del regreso.

El año del regreso.

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Estaba contento, al fin, después de tanto tiempo. Y sonreía. Sonreía, sigiloso, abrazado a su fusil, agazapado frente a aquel sector del muro que iban a volar. Estaba tranquilo. Por fin habían dado el paso que llevaba el pueblo treinta y cuatro años esperando, en vista del callejón sin salida en el que estaban. Al menos ahora, si morían, lo harían haciendo algo por su patria, que aún no había visto la luz, por su merecida y siempre retrasada independencia, por su tierra. ¡Su tierra! ¡Qué hermosa era! ¡Qué hermosa la recordaba de cuando era niño! ¡Las blancas sábanas que su madre tendía a secar al aire y al sol de su casa blanca y limpia, cerca del mar! ¡Ah, su tierra! … ¡qué distinta de la dura, sucia y seca hammada prestada! …

Lo peor era no poder fumar en las horas anteriores al ataque, pero se distraía viendo a sus compañeros en sus posiciones, inmóviles, pegados a la tierra, formando parte de ella, a escasos minutos de iniciar otra etapa de su historia. Una etapa sin retorno. Una etapa en la que muchos morirían, sí, pero como hombres y mujeres libres, orgullosos de serlo, no como esclavos sumisos y asustados.

¡Cuánto tardaba la orden! Ahmed, acompasó la respiración para calmar los nervios y que no se espantara el lagarto que se había quedado parado en una de sus botas, nuevecitas. Mientras esperaba, a ratos, le asaltaba la duda de si habría hecho bien o mal en alistarse a su edad, ahora que tenía trabajo en España, ahora que empezaba a saborear las mieles del mundo desarrollado que, aunque no terminaran de convencerle por completo, resultaban muy cómodas y atractivas. La vida, monótona y ordenada en una casa, de tal a tal hora en el trabajo, duro, pero pagado, las comidas, de tal a tal hora, los paseos con su mujer y sus niños, de tal a tal hora, el sueño, más o menos intranquilo, de tal a tal hora, la ropa bien tendida, las fiestas, el descanso, la lluvia suave … ¡Ah, la lluvia! Le gustaba mucho la lluvia. Aquellas gotas (¡de agua!) que se sucedían, una tras otra, con rítmica cadencia y que, muchas de ellas, ¡parecían desperdiciarse! La lluvia era un milagro y los pueblos que la tenían no sabían apreciarla. Si él pudiera, promovería en todas las ciudades una red de aljibes que la recogiera para aprovecharla al máximo y que no se perdiera ni una gota de ese preciado oro líquido, mucho más valioso que el negro petróleo que ahora dominaba el mundo.

Y entonces, como siempre han ocurrido los asaltos en la historia de la humanidad, se desencadenó todo de golpe con una rapidez vertiginosa. Con matemática precisión, se fueron produciendo las explosiones en el muro maldito y ellos se incorporaron y corrieron y corrieron y corrieron medio cegados por los surtidores de arena que levantaban las balas de las ametralladoras enemigas hacia su objetivo más allá del muro, en la parte de su tierra que ocupaban los invasores y que pronto volvería a ser suya. En pocos segundos, un infierno de fuego y esquirlas de metralla hundiéndose en el suelo y en la carne de los soldados del comando, se instaló en ese área del desierto cuyas imágenes, en esos momentos, podían estar captando varios satélites, entre ellos el de Google para que luego lo pudieran ver tranquilamente europeos y americanos sentados frente a sus monitores.

Él estaba allí, allí, allí. Allí mismo, sobre el terreno, en el terreno, corriendo, brincando, esquivando las balas, las minas, las granadas (¡ah, las granadas, qué buenas, él una vez se comió una!), las explosiones, los zambombazos … acercándose al muro, ya muy cerca del muro, entrando en el muro, traspasando el muro, ¡por fin! El muro, que era un símbolo de opresión y de muerte. El muro que era un icono de terror y violencia. El muro, que era el estigma que había mantenido apartado a su pueblo de su tierra. El muro, el maldito muro, ¡todos los malditos muros del mundo habían saltado por los aires!

“¡Estamos aquí, ya, por fin!” estuvo a punto de gritar. “¡Te hemos vencido!”, estuvo a punto de aullar con alegre desesperación contenida cuando el sonido estridente de la señal de retirada traspasó sus tímpanos. Obediente, se agachó, se dio la vuelta y corrió en zigzag, orgulloso y enfadado.
Más tarde, en lugar seguro, frente a un buen té saharaui, hacían balance de la operación:

-No tenemos bajas. Sólo dos heridos de metralla, poca cosa. Y creo que tampoco les hemos hecho muertos – decía un comandante a los guerrilleros.
-Es igual, van a decir que sí y van a llamarnos terroristas – contestó un combatiente.
-Bueno, que hagan lo que quieran. Esto ya no tiene marcha atrás – dijo otro.
-Sí, esto ya no hay quien lo pare.
-¡Ya era hora!

Volvieron a sus bases, contentos y preocupados, atentos a las próximas ordenes. Se entrenarían, esperando las represalias enemigas, repasarían su indumentaria, limpiarían sus armas … Habían iniciado un camino sin retorno. ¡Ya habían estado treinta y cuatro años fuera! Un camino terrible y glorioso que sólo conducía a un lugar, a su tierra: de regreso al Sáhara.

© Javier Auserd.

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1 comentario

Maria Jesus -

Me ha gustado mucho el Cuento. Yo soy de Avila, Ya participo en la Plataforma de Solidaridad Avila con Palestina creada este mismo Año, pero no me importaría nada contribuir también de alguna forma a la Causa Saharawi, porque ¡ya está bien!, ¡ya Va siendo hora de que consigan la Autodeterminación y dejen de estar bajo dominio marroquí y sufriendo Torturas y Persecución por reclamar algo tan Justo como es su Libertad y Derechos Humanos. Si podeis poneros en contacto conmigo hacerlo a través de la direccion de Email de Arriba. ¡Por la Autodeterminación del Pueblo Saharawi!.Un Saludo
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